Poemas en Castellano es un blog que intenta recopilar lo mejor de la poesÃa castellana
Frases
âEscribid con amor, con corazón, lo que os alcance, lo que os antoje. Que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta; será apasionado, aunque a veces sea inexacto; agradará al lector, aunque rabie Garcilaso; no se parecerá a lo de nadie; pero; bueno o malo, será vuestro, nadie os lo disputará; entonces habrá prosa, habrá poesÃa, habrá defectos, habrá belleza.â
"Canta, me dices. Y yo canto. ¿Cómo callar? Mi boca es tuya. Rompo contento mis amarras, dejo que el mundo se me funda. Sueña, me dices. Y yo sueño. ¡Ojalá no soñara nunca! No recordarte, no mirarte, no nadar por aguas profundas, no saltar los puentes del tiempo hacia un pasado que me abruma, no desgarrar ya más mi carne por los zarzales, en tu busca.
Canta, me dices. Yo te canto a ti, dormida, fresca y única, con tus ciudades en racimos, como palomas sucias, como gaviotas perezosas que hacen sus nidos en la lluvia, con nuestros cuerpos que a ti vuelven como a una madre verde y húmeda.
Eras de vientos y de otoños, eras de agrio sabor a frutas, eras de playas y de nieblas, de mar reposando en la bruma, de campos y albas ciudades, con un gran corazón de música."
Oí latir el corazón del mar unido al de otras músicas -el vals, la polka, el tango, el chárleston, el pasodoble, la rumba, el twist, el mádison-, lo eterno y la que pasa, mano a mano. La vida. El mar, y las ciudades: hermosa Viena, desasosegadora Nueva York, pasando por París y por Madrid. Músicas muertas en los tocadiscos de los muchachos, como antaño en pianolas y organillos. Música viva, como un mar que transcurre para los soñadores
-Bach, Schumann, Brahms o Debussy-; señales de otras músicas futuras, de otras vidas, de otros tiempos -Boulez, Berio, Stockhausen, Luis de Pablo-, viejos probablemente cuando leáis estas palabras viejas también, que ahora arrojo al olvido.
Entonces lo vi allí, al héroe, indiferente, con su uniforme de guardarropía, anacrónico. El pecho cubierto de medallas y de nobles cintajos, maravillas de seda y cobre. Vi al héroe, descansando sobre el banco de piedra.
Los jóvenes que pasan, navegan por la música. Otros, ya con arrugas, oyen el canto de las olas. Yo sólo, aquí, entre ellos, el más viejo de todos, oigo música y mar al mismo tiempo. Es la armonía de quien nació y ha muerto muchas veces. No es frecuente que sea así, pero sucede, como ahora: de súbito se encienden mar y música; estallan tiempo, espacio, fuera y dentro; giran deslumbradores vida de ayer y sangre fresca: es como un huracán irresistible.
Es como un fuego. Yo iba andando con la felicidad de adentro y la felicidad de afuera, suma de aquella humanidad entre la que pasaba. Y vi al hombre: «Qué harás aquí -le dije-, descorazonadora criatura, carcomiendo la plenitud. Qué se habrá muerto dentro de ti».
Y yo, que oía todos los sones, sólo oí el silencio, su silencio, el silencio del héroe, sordo al mar, a la música, a sus recuerdos y proyectos.
Nueve décimas partes de su vida debieron de pasar sin acercarse al mar, sin sospechar siquiera qué paciencia salada, qué artesanía de olas y de días son necesarias para producirse el prodigio de un árbol de coral, la fantasía helicoidal de un caracol. Era un héroe deshabitado, sin corona de roble que le ciña de días gloriosos.
Despojad un instante a esta palabra -héroe- de tantas adherencias literarias. Borrad las iconograffas consabidas: Grecia y piedra rosada, cara al mar, héroes ecuestres del Renacimiento... Era otra cosa el hombre que yo vi.
Nació en alguna aldea del interior de España- La piel end.urecida, impasibles los ojos que nada vieron nunca si no fue la llanura circundada de encinas, donde nació y vivió.
Donde vivió esperando su tren de muerte, como yo ahora espero, mientras nerviosamente escribo estos recuerdos, al tren que ha de llegar a Medina del Campo casi al amanecer. Estos sucesos ocurrieron lejos de aquí, y en mí vivían solicitando forma, para no ser pura nostalgia. Sólo esta noche pude hallarles la palabra.)
Allí vivió veinte años. Un día, le hizo hombre la guerra: le dio fe, lejanías y llamas. Llegó hasta el mar; el mar le hizo sentirse libre; mojó en el mar su cuerpo, conquistó tierras, hizo prisioneros, bebió vino de muerte, sintió tristeza y sintió ira; tal vez fuera marcado por la metralla. Estuvo vivo como nunca lo estuvo ni volvería a estarlo. Dio razón y entusiasmo a su vida: se la jugó con alegría a una carta tapada. Luego, volvió a su pueblo a ensartar días y cosechas, a dorar con melancolías su estatua coronada de olas.
Y he aquí que al cabo de los años llega otra vez junto al mar luminoso. Donde dejó entusiasmo, vida y fe, ha encontrado el silencio, el mismo de las eras de su aldea, mas ya sin esperanza. Ha desfilado entre banderas, entre cánticos; resucitaron las palabras en la garganta joven; ha bebido el vino de antaño y paseado su embriaguez gloriosa. Desde las doce a la una y media ha durado el desfile de estos supervivientes, nostálgicos representantes de un drama, escrito hace quién sabe cuántos años. Después de la comida y los discursos cayó el telón. Y oyó el silencio de los espectadores. Y el silencio del mar. Y el de su vida. Dijeron: «A las nueve al autobús; hay que llegar temprano a casa.» Oyó el silencio de su vida. Desconocido entre desconocidos, anduvo por las calles, sin rumbo. Se sentó enfrente de las olas. Volvió el naipe y no había figura pintada en él. y oyó el silencio.
¿Comprendéis? El nordeste cesa al atardecer. Ya ni siquiera hace temblar la ropa de este hombre. No le deja en la mano el aroma del arma con que mató a la muerte hace ya tiempo. Van los muchachos por su lado, destruyen la muerte con la música, como ayer con la pólvora. Destruyen con la música la vida. Con la música crean un inmenso silencio.
Aquel que ha sentido José Hierro (Madrid, 1922-2002)
Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría no podrá morir nunca.
Yo lo veo muy claro en mi noche completa. Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo, muchos siglos de olvido y de sombra constante, muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos, será azul. Temblará estremecido, rompiéndose, desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas, por el curvo volar de los gorriones, por las flores doradas y blancas de esencias frutales. (Yo una vez hice un ramo con ellas. Puede ser que después arrojara las flores al agua, puede ser que le diera las flores a un niño pequeño, que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo, que a mi madre llevara las flores: yo quería poner primavera en sus manos.)
¡Será ya primavera allá arriba! Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría no podré morir nunca. Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino no podré morir nunca. Morirán los que nunca jamás sorprendieron aquel vago pasar de la loca alegría. Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos no podré morir nunca.
Corazón que te hieren José Hierro (Madrid, 1922-2002)
Corazón que te hieren con una rama verde.
Llegó a mi lado. Era el momento más fuerte que el recuerdo. Es hoy todo inolvidable. El verde de los álamos es vida. Los cielos tienen azul de amor sereno que aún ignora la muerte.
Llega a mi lado. Trae una rama. (Parece la verde primavera que entre sus manos duerme.) Oh, qué felicidad. Las brisas, cómo mecen. Ella saca a las flores de su encanto silvestre. Ella toca de gracia el áspero presente.
Llega a mi lado. Trae una rama. (Se mueve irreal: su elemento es la música. Viene quebrando los silencios maravillosamente. )
Entre sus manos es la rama una serpiente de luz, un río frágil, bandera transparente que pone en este ensueño su alegría evidente. (Por la rama comprendo que estamos vivos. Este instante no es un sueño que pasa y no nos mueve.) Es un látigo frágil, una llama en que beben nuestros ojos.
¿Por qué la ceñiste a mis sienes 40 como si fuera el único dios a quien perteneces? ¡Por qué te he preguntado si ceñiste otras sienes!
Hablaban con bocas de sombra José Hierro (Madrid, 1922-2002)
Hablaban con bocas de sombra, susurraban sucesos mágicos, historias de herrumbre y de musgo (no sabían que estaban muertos, y yo no quería apenarlos). Fui reconstruyendo sonidos que en el sueño significaban para interpretarlos despierto y atribuirlos a unos labios.
(Quería conocer el nombre de quienes me hablaban en sueños: la rosa no olería igual si su nombre no .fuese rosa.) Rescaté, lúcido y sonámbulo, los vestigios que la marea llevó a mi playa de despierto; con ellos construiría un puente desde el soñar hasta el velar: así tendrían consistencia las palabras impronunciables que yo escuché cuando dormía, fantasmal materia de sueño.
A orillas del East River José Hierro (Madrid, 1922-2002)
I En esta encrucijada, flagelada por vientos de dos ríos que despeinan la calle y la avenida, pisoteada su negrura por gaviotas de luz, descienden las palabras a mi mano, picotean los granos de rocío, buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas. Siempre aspiré a que mis palabras, las que llevo al papel, continuasen llorando -de pena, de felicidad, de desesperanza, al fin, todo es lo mismo-, porque yo las había llorado antes; antes de que desembocasen en el papel blanquísimo, en el papel deshabitado, que es el morir. Dejarían en él los ecos asordados, empañados, de lo que tuvo vida. Alguien advertiría la humedad de las lágrimas, lloraría por seres que jamás conoció, que acaso no es posible que existieran aunque estuvieron vivos en el recuerdo o en la imaginación. Lloraríamos todos por los desconocidos, los -para mí -difuminados en la magia del tiempo. Contra las estructuras de metal y de vidrio nocturno rebotan las palabras aún sin forma, consagradas en el torbellino helado, y no me hacen llorar. Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!
II Yo ya no lloro, excepto por aquello que algún día me hizo llorar: los aviones que proclamaban que todo había terminado; la estación amarilla diluida en la noche en la que coincidían, tan sólo unos instantes, el tren que partía hacia el norte y el que partía hacia el oeste y jamás volverían a encontrarse; y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»; y la malagueña canaria; y la niña mendiga de Lisboa que me pidió un «besiño».
Yo ya no lloro. Ni siquiera cuando recuerdo lo que aún me queda por llorar.
Salió desnuda el alma a quemarse en la hoguera. ¡Qué claras da la sombra las estrellas! Se enredaba la noche, azul, entre las piernas. ocultas en los chopos bailaban las doncellas. ¡Qué anunciación, qué víspera de deshojar las nieblas de dos en dos. Las brisas de tres en tres! Estrellas, qué claras dan la sombra las estrellas.
Hemos visto, ¡alegría!, dar el viento gloria final a las hojas doradas. Arder, fundirse el monte en llamaradas crepusculares, trágico y sangriento. Gira, asciende, enloquece, pensamiento. Hoy da el otoño suelta a sus manadas. ¿No sientes a lo lejos sus pisadas? Pasan, dejando el campo amarillento. Por esto, por sentirnos todavía música y viento y hojas, ¡alegría! Por el dolor que nos tiene cautivos, por la sangre que mana de la herida ¡alegría en el nombre de la vida! Somos alegres porque estamos vivos.
Olas José Hierro (Madrid, 1922-2002) Blanco, ceñido de luz blanca desde los pies a la cabeza. Vienen de lejos hasta mí, se alzan, me embisten, me rodean. Hacen nacer dentro del alma no sé qué antiguas inocencias. Alegría sobre las olas, en los troncos de las palmeras, alegría de oros y azules bajo la luz que se dispersa. (Esta alegría que ahora siento yo sólo sé lo que me cuesta.) He podado las viejas ramas que maduró el dolor. Las viejas ramas. Ya el árbol tiene blancas flores, y frutas opulentas. Tras el dolor consigue el alma su plenitud. Sólo así llega a reposar en la alegría, a sentirse total y nueva. He podado las viejas ramas. (Yo pregunté sin que me oyeran. Quise saber si era el otoño: tenía el cielo una luz vieja, un oro pálido y sereno, como las hojas secas. Veía siempre una gaviota planear sobre mi cabeza). He podado las viejas ramas, la vida entera. Enterré en el fondo del pozo mi clara estrella. He podado las viejas ramas. Puse luz en mi noche negra para que hoy beba su alegría la pobre alma... Me rodean. Blanco, ceñido de luz blanca desde los pies a la cabeza. El alma bebe su alegría entre las olas. Se despierta de su mal sueño. Arena casi maternal. Entre las palmeras hay aves de oro, frutos de oro, niños de oro, doradas hierbas. Las olas rompen y me embisten, y me visten de blancas yedras. ¡Alegría sobre las olas disparando loca sus flechas! Despiertan dentro de mi alma no sé qué antiguas inocencias. Alegría sólo presente para que siempre sea eterna. (Esta alegría que ahora siento yo sólo sé lo que me cuesta).
Manuel del Río, natural de España, ha fallecido el sábado 11 de mayo, a consecuencia de un accidente. Su cadáver está tendido en D'Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey. Se dirá una misa cantada a las 9,30 en St. Francis. Es una historia que comienza con sol y piedra, y que termina sobre una mesa, en D'Agostino, con flores y cirios eléctricos. Es una historia que comienza en una orilla del Atlántico. Continúa en un camarote de tercera, sobre las olas —sobre las nubes— de las tierras sumergidas ante Poseidón. Halla en América su término con una grúa y una clínica, con una esquela y una misa cantada, en la iglesia de St. Francis. Al fin y al cabo, cualquier sitio da lo mismo para morir: el que se aroma de romero, el tallado en piedra o en nieve, el empapado de petróleo. Da lo mismo que un cuerpo se haga piedra, petróleo, nieve, aroma. Lo doloroso no es morir acá o allá... Requiem aeternam, Manuel del Río. Sobre el mármol en D'Agostino, pastan toros de España, Manuel, y las flores (funeral de segunda, caja que huele a abetos del invierno) cuarenta dólares. Y han puesto unas flores artificiales entre las otras que arrancaron al jardín... Liberanos domine de morte aeterna... Cuando mueran James o Jacob verán las flores que pagaron Giulio o Manuel... Ahora descienden a tus cumbres garras de águila. Dies irae. Lo doloroso no es morir dies illa acá o allá; sino sin gloria... Tus abuelos fecundaron la tierra toda, la empaparon de la aventura. Cuando caía un español se mutilaba el Universo. Los velaban no en D'Agostino Funeral Home, sino entre hogueras, entre caballos y armas. Héroes para siempre. Estatuas de rostro borrado. Vestidos aún sus colores de papagayo, de poder y de fantasía. Él no ha caído así. No ha muerto por ninguna locura hermosa. (Hace mucho que el español muere de anónimo y cordura, o en locuras desgarradoras entre hermanos: cuando acuchilla pellejos de vino derrama sangre fraterna). Vino un día porque su tierra es pobre. El Mundo, Liberanos Domine, es patria. Y ha muerto. No fundó ciudades. No dio su nombre a un mar. No hizo más que morir por diecisiete dólares (él los pensaría en pesetas). Requiem aeternam. Y en D'Agostino lo visitan los polacos, los irlandeses, los españoles, los que mueren en el week-end. Requiem aeternam. Definitivamente todo ha terminado. Su cadáver está tendido en D'Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey. Se dirá una misa cantada por su alma. Me he limitado a reflejar aquí una esquela de un periódico de New York. Objetivamente. Sin vuelo en el verso. Objetivamente. Un español como millones de españoles. No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar.
Vida José Hierro (Madrid, 1922-2002) A Paula Romero
Después de todo, todo ha sido nada, a pesar de que un día lo fue todo. Después de nada, o después de todo supe que todo no era más que nada. Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!». Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!». Ahora sé que la nada lo era todo, y todo era ceniza de la nada. No queda nada de lo que fue nada. (Era ilusión lo que creía todo y que, en definitiva, era la nada.) Qué más da que la nada fuera nada si más nada será, después de todo, después de tanto todo para nada.
Tú que hueles la flor de la bella palabra acaso no comprendas las mías sin aroma. Tú que buscas el agua que corre transparente no has de beber mis aguas rojas. Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda ni cómo vida y muerte —agua y fuego— hermanadas van socavando nuestra roca. Perfección de la vida que nos talla y dispone para la perfección de la muerte remota. Y lo demás, palabras, palabras y palabras, ¡ay, palabras maravillosas! Tú que bebes el vino en la copa de plata no sabes el camino de la fuente que brota en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura con tus dos manos como copa. Lo has olvidado todo porque lo sabes todo. Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras. Y olvidas las raíces («Mi Obra», dices), olvidas que vida y muerte son tu obra. No has venido a la tierra a poner diques y orden en el maravilloso desorden de las cosas. Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas sin alzar vallas a su gloria. Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo. Sus aguas en tu cauce temporal desembocan. Y hechos un solo río os vertéis en el mar, «que es el morir», dicen las coplas. No has venido a poner orden, di que has venido a hacer moler la muela con tu agua transitoria. Tu fin no está en ti mismo («Mi Obra», dices), olvidas que vida y muerte son tu obra. Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día por la música de otras olas.
Tal vez porque cantamos embriagados la vida crees que fue con nosotros lo que tú llamas buena. Puedes aproximarte, puedes tocar la herida de amargura y de sangre hasta los bordes llena. Ganamos la alegría bajo un cielo sombrío, mientras el desaliento nos prendía en sus redes. Hemos tenido sueño, hemos tenido frío, hemos estado solos entre cuatro paredes. Vivimos... Llena el alma la hermosura más plena. En países de nieblas también nacen flores. Después de la amargura y después de la pena es cuando da la vida sus más bellos colores.
Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras. Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente. Que tú me entendieras a mí sin palabras como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde. Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte, Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes. Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible, la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes. Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte. Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve. Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma, yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese. Criatura también de alegría quisiera que fueras, criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte. Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil, y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros, y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde... Si ahora yo te dijera que es tu vida esa roca en que rompe la ola, la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste, aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha, aquel niño que azota la mar con su mano inocente... Si yo te dijera estas cosas, amigo, ¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente, qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos? Y ¿cómo saber si me entiendes? ¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos? ¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte? ¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna, poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste? Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.
Epitafio para la tumba de un héroe José Hierro (Madrid, 1922-2002)
Se creía dueño del mundo porque latía en sus sentidos. Lo aprisionaba con su carne donde se estrellaban los siglos. Con su antorcha de juventud iluminaba los abismos. Se creía dueño del mundo: su centro fatal y divino. Lo pregonaba cada nube, cada grano de sol o trigo. Si cerraba los ojos, todo se apagaba, sin un quejido. Nada era si él lo borraba de sus ojos o sus oídos. Se creía dueño del mundo porque nunca nadie le dijo cómo las cosas hieren, baten a quien las sacó del olvido, cómo aplastan desde lo eterno a los soñadores vencidos. Se creía dueño del mundo y no era dueño de sí mismo.
Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría no podrá morir nunca. Yo lo veo muy claro en mi noche completa. Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo, muchos siglos de olvido y de sombra constante, muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido a la yerba que encima de mí balancea su fresca verdura. Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos será azul. Temblará estremecido, rompiéndose, desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas, por el curvo volar de gorriones, por las flores doradas y blancas de esencias frutales. (Yo una vez hice un ramo con ellas. Puede ser que después arrojara las flores al agua, puede ser que le diera las flores a un niño pequeño, que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo, que a mi madre llevara las flores; yo querría poner primavera en sus manos.) ¡Será ya primavera allá arriba! Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría no podré morir nunca. Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino no podré morir nunca. Morirán los que nunca jamás sorprendieron aquel vago pasar de la loca alegría. Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos no podré morir nunca. Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.
Se asomó a aquellas aguas de piedra. Se vio inmovilizado, hecho piedra. Se vio rodeado de aquellos que fueron carne suya, que ya eran piedra yerta. Fue como si las horas, ya piedra, aún recordaran un estremecimiento. La piedra no sonaba. Nunca más sonaría. No podía siquiera recordar los sonidos, acariciar, guardar, consolar... Se asomó al borde mudo de aquel mundo de piedra. Movió sus manos y gritó de espanto. Y aquel sueño de piedra no palpitó. La voz no resonó en aquel relámpago de piedra. Fue imposible acercarse a la espuma de piedra, a los cuerpos de piedra helada. Fue imposible darles calor y amor. Reflejado en la piedra rozó con sus pestañas aquellos otros cuerpos. Con sus pestañas, lo único vivo entre tanta muerte, rozó el mundo de piedra. El prodigio debía realizarse. La vida estallaría ahora, libertaría seres, aguas, nubes, de piedra. Esperó, como un árbol su primavera, como un corazón su amor. Allí sigue esperando.
Irás naciendo poco a poco, día a día. Como todas las cosas que hablan hondo, será tu palabra sencilla. A veces no sabrán qué dices. No te pidan luz. Mejor en la sombra amor se comunica. Así, incansablemente, hila que te hila.
Con las piedras, con el viento hablo de mi reino José Hierro (Madrid, 1922-2002)
Mi reino vivirá mientras estén verdes mis recuerdos. Cómo se pueden venir nuestras murallas al suelo. Cómo se puede no hablar de todo aquello. El viento no escucha. No escuchan las piedras, pero hay que hablar, comunicar, con las piedras, con el viento. Hay que no sentirse solo. Compañía presta el eco. El atormentado grita su amargura en el desierto. Hay que desendemoniarse, liberarse de su peso. Quien no responde, parece que nos entiende, como las piedras o el viento. Se exprime así el alma. Así se libra de su veneno. Descansa, comunicando con las piedras, con el viento.
Oh España, qué vieja y qué seca te veo. Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo. Clavel encendido de sueños de fuego. He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas, andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes. ¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades? ¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura? ¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos? Oh España, qué vieja y qué seca te veo. Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas, arrojar a una hoguera tus viejas hazañas, dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora, ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina. Oh España, qué vieja y qué seca te veo. Quisiera asistir a tu sueño completo, mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota, hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra. Qué tristes he visto a tus hombres. Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche, comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo, dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza. Les pides que pongan sus almas de fiesta. No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento, que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras.
Oh España, qué triste pareces. Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo, saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito. Y sobre la noche marina, borrada tu estela, España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días. Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino. Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena... ...en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama, cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio...
José Hierro -Canción de cuna para dormir a un preso-
Canción de cuna para dormir a un preso José Hierro (Madrid, 1922-2002)
La gaviota sobre el pinar. (La mar resuena.) Se acerca el sueño. Dormirás, soñarás, aunque no lo quieras. La gaviota sobre el pinar goteado todo de estrellas. Duerme. Ya tienes en tus manos el azul de la noche inmensa. No hay más que sombra. Arriba, luna. Peter Pan por las alamedas. Sobre ciervos de lomo verde la niña ciega. Ya tú eres hombre, ya te duermes, mi amigo, ea... Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo sobre la luna, y la degüella. La mar está cerca de ti, muerde tus piernas. No es verdad que tú seas hombre; eres un niño que no sueña. No es verdad que tú hayas sufrido: son cuentos tristes que te cuentan. Duerme. La sombra toda es tuya, mi amigo, ea... Eres un niño que está serio. Perdió la risa y no la encuentra. Será que habrá caído al mar, la habrá comido una ballena. Duerme, mi amigo, que te acunen campanillas y panderetas, flautas de caña de son vago amanecidas en la niebla. No es verdad que te pese el alma. El alma es aire y humo y seda. La noche es vasta. Tiene espacios para volar por donde quieras, para llegar al alba y ver las aguas frías que despiertan, las rocas grises, como el casco que tú llevabas a la guerra. La noche es amplia, duerme, amigo, mi amigo, ea... La noche es bella, está desnuda, no tiene límites ni rejas. No es verdad que tú hayas sufrido, son cuentos tristes que te cuentan. Tú eres un niño que está triste, eres un niño que no sueña. Y la gaviota está esperando para venir cuando te duermas. Duerme, ya tienes en tus manos el azul de la noche inmensa. Duerme, mi amigo... Ya se duerme mi amigo, ea...
Caballero de otoño José Hierro (Madrid, 1922-2002)
Viene, se sienta entre nosotros, y nadie sabe quién será, ni por qué cuando dice nubes nos llenamos de eternidad. Nos habla con palabras graves y se desprenden al hablar de su cabeza secas hojas que en el viento vienen y van. Jugamos con su barba fría. Nos deja frutos. Torna a andar con pasos lentos y seguros como si no tuviera edad. Él se despide. ¡Adiós! Nosotros sentimos ganas de llorar.
De todos los que vi (se sucedían fatalmente), de todos los que vi, todos aquellos que solicitaron -de quienes yo solicité- ternura, calor, ensueño, olvido, paz o lágrimas... De todos esos en los que viví,
por qué tenias que ser tú, retama matinal, estival, voz derruida, perro sin amo, espuma levantada hacia las noches, agua de recuerdo, gota de sombra, dedos que sostiene nun pétalo de sol... por qué tenias, ciega, precisamente que ser tú...
De todos los que vi, por qué tenias que ser tú, leño que sobrenadabas... Por qué tenias que ser tú, muralla de ceniza, madera del olvido...
Por qué tenias que ser tú, precisa- mente tú, con el nombre diluido, con los ojos borrados, con la boca carcomida, lo mismo que una estatua limada por los siglos y las lluvias... De todos los que vi, desenterrados de las mañanas y los cielos grises... De todos, todos, todos, por qué habías de ser tú sólo quien me entristeciese, quien se me levantase, puño de ola, me golpease el corazón, con esos instantes sin nosotros, caracolas duras, vacías, donde suena el mar de otros planetas... Modelada en sombra y en olvido, tenias que ser tú, melancolía, quien resucitase...
Una tarde cualquiera José Hierro (Madrid, 1922-2002)
Amigos: Yo estaba muerto. Estaba en mi cama, tendido. se está muerto aunque lata el corazón, amigos. Y se abre la ventana y yo, sin cuerpo (vivo y sin cuerpo, o difunto y con vida), hundido en el azul. (O acaso sea el azul, hundido en el azul...