Poemas en Castellano es un blog que intenta recopilar lo mejor de la poesÃa castellana
Frases
âEscribid con amor, con corazón, lo que os alcance, lo que os antoje. Que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta; será apasionado, aunque a veces sea inexacto; agradará al lector, aunque rabie Garcilaso; no se parecerá a lo de nadie; pero; bueno o malo, será vuestro, nadie os lo disputará; entonces habrá prosa, habrá poesÃa, habrá defectos, habrá belleza.â
Quisiera estar en otra parte, mejor en otra piel, y averiguar si desde allí la vida, por las ventanas de otros ojos, se ve así de grotesca algunas tardes.
Me gustaría mucho conocer el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras, comprobar si el pasado impregna los tejidos del mismo zumo acre, si todos los recuerdos en todas las memorias desprenden este olor a fruta madura mustia y a jazmín podrido.
Desearía mirarme con las pupilas duras de aquel que más me odia, para que así el desprecio destruya los despojos de todo lo que nunca enterrará el olvido.
Siempre, después de un viaje, una mirada terca se aferra a lo que busca, y es un hueco sombrío, una luz pavorosa tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve.
Fidelidad, afán inútil. ¿Quién tuvo la arrogancia de intentarte? Nadie ha sido capaz -ni aún los que han muerto- de destejer la trama de los días.
Todo el mundo era pobre en aquel tiempo, todos entretejían sin saberlo - a veces sonreían - los hilos de tristeza que formaba la trama de la vida (inconsistente tela, pero qué estambre terco, la esperanza). Unas hebras de amor doraban un extremo de aquel tapiz sombrío en el que yo era un niño que corría no sé de qué o hacia dónde, tal vez hacia el espacio luminoso que urdían incansables las obstinadas manos amorosas.
Nunca llegué a esa luz. Cuando iba a alcanzarla, el tiempo, más veloz, ya la había apagado con su pátina.
Sé que llegará el día en que ya nunca volveré a contemplar tu mirada curiosa y asombrada. Tan sólo en tus pupilas compruebo todavía, sorprendido, la belleza del mundo - y allí, en su centro, tú, iluminándolo.
Por eso, ahora, mientras aún es posible, mírame mirarte; mete todo tu asombro en mi mirada, déjame verte cuando tú me miras también a mí, asombrado de ver por tí y a tí, asombrosa.
Las calles de la ciudad son láminas de hielo. Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo. Las estrellas tan altas son destellos de hielo.
Helado está también mi corazón, pero no fue el invierno. Mi amiga, mi dulce amiga, aquella que me amaba, me dice que ha dejado de quererme.
Quise mirar el mundo con tus ojos ilusionados, nuevos, verdes en su fondo como la primavera. Entré en tu cuerpo lleno de esperanza para admirar tanto prodigio desde el claro mirador de tus pupilas. Y fuiste tú la que acabaste viendo el fracaso del mundo con las mías.
Si tuviésemos la fuerza suficiente para apretar como es debido un trozo de madera sólo nos quedaría entre las manos un poco de tierra. Y si tuviésemos más fuerza todavía para presionar con toda la dureza esa tierra, sólo nos quedaría entre las manos un poco de agua. Y si fuese posible aún oprimir el agua, ya no nos quedaría entre las manos nada.
Angel González -Breves acotaciones para una biografía-
Breves acotaciones para una biografía Angel González (Oviedo, 1925)
Cuando tengas dinero regálame un anillo, cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca, cuando no sepas qué hacer vente conmigo pero luego no digas que no sabes lo que haces.
Haces haces de leña en las mañanas y se te vuelven flores en los brazos. Yo te sostengo asida por los pétalos, como te muevas te arrancaré el aroma.
Pero ya te lo dije: cuando quieras marcharte esta es la puerta: se llama Ángel y conduce al llanto.
Cruzas por el crepúsculo. El aire tienes que separarlo casi con las manos de tan denso, de tan impenetrable. Andas. No dejan huellas tus pies. Cientos de árboles contienen el aliento sobre tu cabeza. Un pájaro no sabe que estás allí, y lanza su silbido largo al otro lado del paisaje. El mundo cambia de color: es como el eco del mundo. Eco distante que tú estremeces, traspasando las últimas fronteras de la tarde.
Porvenir Angel González (Oviedo, 1925) Te llaman porvenir porque no vienes nunca. Te llaman: porvenir, y esperan que tú llegues como un animal manso a comer en su mano. Pero tú permaneces más allá de las horas, agazapado no se sabe dónde. ... Mañana! Y mañana será otro día tranquilo un día como hoy, jueves o martes, cualquier cosa y no eso que esperamos aún, todavía, siempre.
Me he quedado sin pulso Angel González (Oviedo, 1925)
Me he quedado sin pulso y sin aliento separado de ti. Cuando respiro, el aire se me vuelve en un suspiro y en polvo el corazón de desaliento.
No es que sienta tu ausencia el sentimiento. Es que la siente el cuerpo. No te miro. No te puedo tocar por más que estiro los brazos como un ciego contra el viento.
Todo estaba detrás de tu figura. Ausente tú, detrás todo de nada, borroso yermo en el que desespero.
Ya no tiene paisaje mi amargura. Prendida de tu ausencia mi mirada, contra todo me doy, ciego me hiero.
Si yo fuera Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti; lo probaría (a la manera de los panaderos cuando prueban el pan, es decir: con la boca), y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea tu mismo olor, y tu manera de sonreír, y de guardar silencio, y de estrechar mi mano estrictamente, y de besarnos sin hacernos daño -de esto sí estoy seguro: pongo tanta atención cuando te beso; entonces, si yo fuese Dios, podría repetirte y repetirte, siempre la misma y siempre diferente, sin cansarme jamás del juego idéntico, sin desdeñar tampoco la que fuiste por la que ibas a ser dentro de nada; ya no sé si me explico, pero quiero aclarar que si yo fuese Dios, haría lo posible por ser Ángel González para quererte tal como te quiero, para aguardar con calma a que te crees tú misma cada día, a que sorprendas todas las mañanas la luz recién nacida con tu propia luz, y corras la cortina impalpable que separa el sueño de la vida, resucitándome con tu palabra, Lázaro alegre, yo, mojado todavía de sombras y pereza, sorprendido y absorto en la contemplación de todo aquello que, en unión de mí mismo, recuperas y salvas, mueves, dejas abandonado cuando -luego- callas... (Escucho tu silencio. Oigo constelaciones: existes. Creo en ti. Eres. Me basta.
Los pianos golpean con sus colas enjambres de violines y de violas. Es el vals de las solas y solteras, el vals de las muchachas casaderas, que arrebata por rachas su corazón raído de muchachas.
A dónde llevará esa leve brisa, a qué jardín con luna esa sumisa corrienteque gira de repente desatando en sus vueltas doradas cabelleras, ahora sueltas, borrosas, imprecisas en el río de música y metralla que es un vals cuando estalla sus trompetas.
Todavía inquietas, vuelan las flautas hacia el cordelaje de las arpas ancladas en la orilla donde los violoncelos se han dormido.
Los oboes apagan el paisaje. Las muchachas se apean en sus sillas, se arreglan el vestido con manos presurosas y sencillas, y van a los lavabos, como después de un viaje.
Y sonríen, a veces, cuando hablan. Y se dicen, incluso, palabras de amor. Pero se aman de dos en dos para odiar de milen mil. Y guardan toneladas de asco por cada milímetro de dicha. Y parecen -nada más que parecen- felices, y hablan con el fin de ocultar esa amargura inevitable, y cuántas veces no lo consiguen, como no puedo yo ocultarla por más tiempo; esta desesperante, estéril, larga ciega desolación por cualquier cosa que -hacia donde no sé-, lenta, me arrastra.
Te tuve cuando eras dulce, acariciado mundo. Realidad casi nube, ¡cómo te me volaste de los brazos! Ahora te siento nuevamente. No por tu luz, sino por tu corteza, percibo tu inequívoca presencia, ...agrios perfiles, duros meridianos, ¡áspero mundo para mis dos manos¡
Son las gaviotas, amor Angel González (Oviedo, 1925)
Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
Mar de invierno. El agua gris mancha de frío las rocas. Tus piernas, tus dulces piernas, enternecen a las olas. Un cielo sucio se vuelca sobre el mar. El viento borra el perfil de las colinas de arena. Las tediosas charcas de sal y de frío copian tu luz y tu sombra. Algo gritan, en lo alto, que tú no escuchas, absorta.
Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
Siempre lo que quieras Angel González (Oviedo, 1925)
Cuando tengas dinero regálame un anillo, cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca, cuando no sepas qué hacer vente conmigo -pero luego no digas que no sabes lo que haces.
Haces haces de leña en las mañanas y se te vuelven flores en los brazos. Yo te sostengo asida por los pétalos, como te muevas te arrancaré el aroma.
Pero ya te lo dije: cuando quieras marcharte ésta es la puerta: se llama Ángel y conduce al llanto.
Cuando el hombre se extinga, cuando la estirpe humana al fin se acabe, todo lo que ha creado comenzará a agitarse, a ser de nuevo, a comportarse libremente -como los niños que se quedan solos en casa cuando sus padres salen por la noche.
Héctor conseguirá humillar a Aquiles, Luzbel volverá a ser lo que era antes, fornicará Susana con los viejos, avanzará un gran monte hacia Mahoma.
Cuando el hombre se acabe -cualquier día-, un crepitar de polvo y de papeles proclamará al silencio la frágil realidad de sus mentiras.
Mi memoria conserva apenas solo el eco vacilante de su alta melodía: lamento de metal, rumor de alambre, voz de junco, también latido, vena. Recuerdo claramente su erre temblorosa, su estremecida erre suspendida sobre un abismo de silencio y ámbar, desprendiéndose casi de la música oscura que por detrás la asía, defendiéndose apenas del cálido misterio que la alzaba en el aire creando un solo cuerpo de luz y de belleza. Luminosa y precisa, yo la sentía en mi ser profundamente, sabía su sentido, descifraba sin llanto su mensaje, porque acaso ella fuese -o sin acaso: cierto- la única palabra irrefrenable que mi sangre entendía y pronunciaba: una palabra para estar seguro, talismán infalible significando aquello que nombraba. Como un perfume que lo explica todo, como una luz inesperada, su presencia de viento y melodía hería los sentidos, golpeaba el corazón, estremecía la carne con el presentimiento verdadero de la honda realidad que descubría. Pronunciarla despacio equivalía a ver, a amar, a acariciar un cuerpo, a oler el mar, a oír la primavera, a morder una fruta de piel dulce. Todo ocurría así, hasta que un día la dije bien, y no entendí su cántico. La grité clara, la repetí dura, y esperé ávidamente, y percibí, lejano, un eco inexplicable, infiel reflejo que en vez de iluminar, oscurecía, que en vez de revelar, cubrió de tierra la imprecisa nostalgia de su antiguo mensaje. Cuando un nombre no nombra, y se vacía, desvanece también, destruye, mata la realidad que intenta su designio.
Otro tiempo vendrá... Angel González (Oviedo, 1925)
Otro tiempo vendrá distinto a éste. Y alguien dirá: «Hablaste mal. Debiste haber contado otras historias: violines estirándose indolentes en una noche densa de perfumes, bellas palabras calificativas para expresar amor ilimitado, amor al fin sobre las cosas todas.» Pero hoy, cuando es la luz del alba como la espuma sucia de un día anticipadamente inútil, estoy aquí, insomne, fatigado, velando mis armas derrotadas, y canto todo lo que perdí: por lo que muero.
Olvidemos el llanto y empecemos de nuevo, con paciencia, observando a las cosas hasta hallar la menuda diferencia que las separa de su entidad de ayer y que define el transcurso del tiempo y su eficacia.
¿A qué llorar por el caído fruto, por el fracaso de ese deseo hondo, compacto como un grano de simiente?
No es bueno repetir lo que está dicho. Después de haber hablado, de haber vertido lágrimas, silencio y sonreíd:
Nada es lo mismo. Habrá palabras nuevas para la nueva historia y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.
Mientras tú existas, mientras mi mirada te busque más allá de las colinas, mientras nada me llene el corazón, si no es tu imagen, y haya una remota posibilidad de que estés viva en algún sitio, iluminada por una luz cualquiera... Mientras yo presienta que eres y te llamas así, con ese nombre tuyo tan pequeño, seguiré como ahora, amada mía, transido de distancia, bajo ese amor que crece y no se muere, bajo ese amor que sigue y nunca acaba.
Las prostitutas madrugan mucho para estar dispuestas...
Elena despertó a las dos y cinco, abrió despacio las contraventanas y el sol de invierno hirió sus ojos enrojecidos. Apoyada la frente en el cristal, miró a la calle: niños con bufandas, perros. Tres curas paseaban. En ese mismo instante, Dora comenzaba a ponerse las medias. Las ligas le dejaban una marca en los muslos ateridos. Al encender la radio -«Aida: marcha nupcial»-, recordaba palabras -«Dora, Dorita, te amo»- a la vez que intentaba reconstruir el rostro de aquel hombre que se fue ayer -es decir, hoy- de madrugada, y leía distraída una moneda: «Veinticinco pesetas.» «...por la gracia de Dios.» (Y por la cama) Eran las tres y diez cuando Conchita se estiraba la piel de las mejillas frente al espejo. Bostezó. Miraba su propio rostro con indiferencia. Localizó tres canas en la raíz oscura de su pelo amarillo. Abrió luego una caja de crema rosa, cuyo contenido extendió en torno a su nariz. Bostezaba, y aprovechó aquel gesto indefinible para comprobar el estado de una muela careada allá en el fondo de sus fauces secas, inofensivas, turbias, algo hepáticas.
Por otra parte, también se preparaba la ciudad. El tren de las catorce treinta y nueve alteró el ritmo de las calles. Miradas vacilantes, ojos confusos, planteaban imprecisas preguntas que las bocas no osaban formular. En los cafés, entraban y salían los hombres, movidos por algo parecido a una esperanza. Se decía que aún era temprano. Pero a las cuatro, Dora comenzaba a quitarse las medias -las ligas dejaban una marca en sus muslos. Lentas, solemnes, eclesiásticas, volaban de las torres palomas y campanas. Mientras se bajaba la falda, Conchita vio su cuerpo -y otra sombra vaga- moverse en el espejo de su alcoba. En las calles y plazas palidecía la tarde de diciembre. Elena cerró despacio las contraventanas.
Angel González -Inventario de lugares propicios al amor-
Inventario de lugares propicios al amor Angel González (Oviedo, 1925)
Son pocos. La primavera está muy prestigiada, pero es mejor el verano. Y también esas grietas que el otoño forma al interceder con los domingos en algunas ciudades ya de por sí amarillas como plátanos. El invierno elimina muchos sitios: quicios de puertas orientadas al norte, orillas de los ríos, bancos públicos. Los contrafuertes exteriores de las viejas iglesias dejan a veces huecos utilizables aunque caiga nieve. Pero desengañémonos: las bajas temperaturas y los vientos húmedos lo dificultan todo. Las ordenanzas, además, proscriben la caricia ( con exenciones para determinadas zonas epidérmicas -sin interés alguno- en niños, perros y otros animales) y el «no tocar, peligro de ignominia» puede leerse en miles de miradas. ¿Adónde huir, entonces? Por todas partes ojos bizcos, córneas torturadas, implacables pupilas, retinas reticentes, vigilan, desconfían, amenazan. Queda quizá el recurso de andar solo, de vaciar el alma de ternura y llenarla de hastío e indiferencia, en este tiempo hostil, propicio al odio.
Esperanza, araña negra del atardecer. Tu paras no lejos de mi cuerpo abandonado, andas en torno a mí, tejiendo, rápida, inconsistentes hilos invisibles, te acercas, obstinada, y me acaricias casi con tu sombra pesada y leve a un tiempo. Agazapada bajo las piedras y las horas, esperaste, paciente, la llegada de esta tarde en la que nada es ya posible... Mi corazón: tu nido. Muerde en él, esperanza.
Angel González -En este instante, breve y duro instante...-
En este instante, breve y duro instante... Angel González (Oviedo, 1925)
En este instante, breve y duro instante, ¡cuántas bocas de amor están unidas, cuántas vidas se cuelgan de otras vida exhaustas en su entrega palpitante!
Fugaz como el destello de un diamante, ¡qué de manos absurdamente asidas quieren cerrar las más leves salidas a su huida perpetua e incesante!
Lentos, aquí y allá, y adormecidos, ¡tantos labios elevan espirales de besos!... Sí, en este instante, ahora
que ya pasó, que ya lo hube perdido, del cual conservo sólo los cristales rotos, primera ruina de la aurora. (En este instante, breve, y duro instante...)
Empleo de la nostalgia Angel González (Oviedo, 1925)
Amo el campus universitario, sin cabras, con muchachas que pax pacem en latín, que meriendan pas pasa pan con chocolate en griego, que saben lenguas vivas y se dejan besar en el crepúsculo (también en las rodillas) y usan la cocacola como anticonceptivo. Ah las flores marchitas de los libros de texto finalizando el curso deshojadas cuando la primavera se instala en el culto jardín del rectorado por manos todavía adolescentes y roza con sus rosas manchadas de bolígrafo y de tiza el rostro ciego del poeta transustanciándose en un olor agrio a naranjas Homero o semen Todo eso será un día materia de recuerdo y de nostalgia. Volverá, terca, la memoria una vez y otra vez a estos parajes, lo mismo que una abeja da vueltas al perfume de una flor ya arrancada: inútilmente. Pero esa luz no se extinguirá nunca: llamas que aún no consumen... ningún presentimiento puede quebrar las risas que iluminan las rosas y los cuerpos y cuando el llanto llegue como un halo los escombros la descomposición que los preserva entre las sombras puros no prevalecerán serán más ruina absortos en sí mismos y sólo erguidos quedarán intactos todavía más brillantes ignorantes de sí esos gestos de amor... sin ver más nada.
Le comenté: —Me entusiasman tus ojos. Y ella dijo: —¿Te gustan solos o con rimel? —Grandes, respondí sin dudar. Y también sin dudar me los dejó en un plato y se fue a tientas.
Ahora andará por otras tierras, llevando lejos luces y esperanzas, aventando bandadas de pájaros remotos, y rumores, y voces, y campanas, -ruidoso perro que menea la cola y ladra ante las puertas entornadas.
(Entretanto, la noche, como un gato sigiloso, entró por la ventana, vio unos restos de luz pálida y fría, y se bebió la última taza.)
Sí; definitivamente el día se ha ido. Mucho no se llevó (no trajo nada); sólo un poco de tiempo entre los dientes, un menguado rebaño de luces fatigadas. Tampoco lo lloréis. Puntual e inquieto, sin duda alguna, volverá mañana. Ahuyentará a ese gato negro. Ladrará hasta sacarme de la cama.
Atrás quedaron los escombros: humeantes pedazos de tu casa, veranos incendiados, sangre seca sobre la que se ceba -último buitre- el viento.
Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia el tiempo bien llamado porvenir. Porque ninguna tierra posees, porque ninguna patria es ni será jamás la tuya, porque en ningún país puede arraigar tu corazón deshabitado.
Nunca -y es tan sencillo- podrás abrir una cancela y decir, nada más: «buen día, madre». Aunque efectivamente el día sea bueno, haya trigo en las eras y los árboles extiendan hacia ti sus fatigadas ramas, ofreciéndote frutos o sombra para que descanses.
Domingo, flor de luz, casi increíble día. Bajas sobre la tierra como un ángel inútil y dorado. Besas a las muchachas de turbia cabellera, vistes de azul marino a los hombres que te aman, y dejas en las manos del niño un aro de madera o una simple esperanza. Repartes golondrinas, globos de primavera, te subes a las torresy giras las veletas oxidadas. Tu viento agita faldas de colores, estremece banderas, lleva lejos cancionesy sonrisas, llena las estancias de polvo plateado.
Los árboles esperan tu llegada para cubrirse de gorriones. Sabe más fresca el agua de las fuentes. Las campanas dispersan palomas imprevistas que vuelande otro modo. No hay nadie que no sepa que es domingo, domingo. Tu presenciade espuma lava, eleva, hace flotar las cosas y los seres en un nítido cielo que no era -el lunes- de verdad: apenas desteñido papel, vidrio olvidado, polvo tedioso sobre las aceras.
Mensaje a las estatuas Angel González (Oviedo, 1925)
Vosotras, piedras violentamente deformadas, rotas por el golpe preciso del cincel, exhibiréis aún durante siglos el último perfil que os dejaron: senos inconmovibles a un suspiro, firmes piernas que desconocen la fatiga, músculos tensos en su esfuerzo inútil, cabelleras que el viento no despeina, ojos abiertos que la luz rechazan. Pero vuestra arrogancia inmóvil, vuestra fría belleza, la desdeñosa fe del inmutable gesto, acabarán un día. El tiempo es más tenaz. La tierra espera por vosotras también. En ella caeréis por vuestro peso, seréis, si no cenizas, ruinas, polvo, y vuestra soñada eternidad será la nada. Hacia la piedra regresaréis piedra, indiferente mineral, hundido escombro, después de haber vivido el duro, ilustre, solemne, victorioso, ecuestre sueño de una gloria erigida a la memoria de algo también disperso en el olvido.
Angel González -Introducción a las fábulas para animales-
Introducción a las fábulas para animales Angel González (Oviedo, 1925)
Durante muchos siglos la costumbre fue ésta: aleccionar al hombre con historias a cargo de animales de voz docta, de solemne ademán o astutas tretas, tercos en la maldad y en la codicia o necios como el ser al que glosaban. La humanidad les debe parte de su virtud y su sapiencia a asnos y leones, ratas, cuervos, zorros, osos, cigarras y otros bichos que sirvieron de ejemplo y moraleja, de estímulo también y de escarmiento en las ajenas testas animales, al imaginativo y sutil griego, al severo romano, al refinado europeo, al hombre occidental, sin ir más lejos. Hoy quiero —y perdonad la petulancia— compensar tantos bienes recibidos del gremio irracional describiendo algún hecho sintomático, algún matiz de la conducta humana que acaso pueda ser educativo para las aves y para los peces, para los celentéreos y mamíferos, dirigido lo mismo a las amebas más simples como a cualquier especie vertebrada. Ya nuestra sociedad está madura, ya el hombre dejá atrás la adolescencia y en su vejez occidental bien puede servir de ejemplo al perro para que el perro sea más perro, y el zorro más traidor, y el león más feroz y sanguinario, y el asno como dicen que es el asno, y el buey más inhibido y menos toro. A toda bestia que pretenda perfeccionarse como tal —ya sea con fines belicistas o pacíficos, con miras financieras o teológicas, o por amor al arte simplemente— no cesaré de darle este consejo: que observe al homo sapiens, y que aprenda.
Aquello. No eso. Ni -mucho menos- esto. Aquello. Lo que está en el umbral de mi fortuna. Nunca llamado, nunca esperado siquiera; sólo presencia que no ocupa espacio, sombra o luz fiel al borde de mí mismo que ni el viento arrebata, ni la lluvia disuelve, ni el sol marchita, ni la noche apaga. Tenue cabo de brisa que me ataba a la vida dulcemente. Aquello que quizá hubiese sido posible, que sería posible todavía hoy o mañana si no fuese un sueño.
Una revolución. Luego una guerra. En aquellos dos años —que eran la quinta parte de toda mi vida—, ya había experimentado sensaciones distintas. Imaginé más tarde lo que es la lucha en calidad de hombre. Pero como tal niño, la guerra, para mí, era tan sólo: suspensión de las clases escolares, Isabelita en bragas en el sótano, cementerios de coches, pisos abandonados, hambre indefinible, sangre descubierta en la tierra o las losas de la calle, un terror que duraba lo que el frágil rumor de los cristales después de la explosión, y el casi incomprensible dolor de los adultos, sus lágrimas, su miedo, su ira sofocada, que, por algún resquicio, entraban en mi alma para desvanecerse luego, pronto, ante uno de los muchos prodigios cotidianos: el hallazgo de una bala aún caliente, el incendio de un edificio próximo, los restos de un saqueo —papeles y retratos en medio de la calle... Todo pasó, todo es borroso ahora, todo menos eso que apenas percibía en aquel tiempo y que, años más tarde, resurgió en mi interior, ya para siempre: este miedo difuso, esta ira repentina, estas imprevisibles y verdaderas ganas de llorar.
A veces, mi egoísmo me llena de maldad, y te odio casi hasta hacerme daño a mí mismo: son los celos, la envidia, el asco al hombre, mi semejante aborrecible, como yo corrompido y sin remedio, mi querido hermano y parigual en la desgracia.
A veces -o mejor dicho: casi nunca-, te odio tanto que te veo distinta. Ni en corazón ni en alma te pareces a la que amaba sólo hace un instante, y hasta tu cuerpo cambia y es más bello -quizá por imposible y por lejano-. Pero el odio también me modifica a mí mismo, y cuando quiero darme cuenta soy otro que no odia, que ama a esa desconocida cuyo nombre es el tuyo, que lleva tu apellido, y tiene, igual que tú, el cabello largo. Cuando sonríes, yo te reconozco, identifico tu perfil primero, y vuelvo a verte, al fin, tal como eras, como sigues siendo, como serás ya siempre, mientras te ame.
Capital de provincia Angel González (Oviedo, 1925)
Ciudad de sucias tejas soleadas: casi eres realidad, apenas nido sólo un rumor, un humo desprendido, de las praderas verdes y asombradas. Luego hay hombres de vidas apretadas a tu destino semiderruido y muchachas que crecen entre el ruido cual si estuvieran entre amor sembradas. A casi todas miro tiernamente, y los viejos alegran tus afueras con sus traviesas cabelleras blancas. Yo estoy contento y, cariñosamente, caballo gris me gustaría que fueras para darte palmadas en las ancas.
¿Cómo seré yo cuando no sea yo? Cuando el tiempo haya modificado mi estructura, y mi cuerpo sea otro, otra mi sangre, otros mis ojos y otros mis cabellos. Pensaré en ti, tal vez. Seguramente, mis sucesivos cuerpos -prolongándome, vivo, hacia la muerte- se pasarán de mano en mano, de corazón a corazón, de carne a carne, el elemento misterioso que determina mi tristeza cuando te vas, que me impulsa a buscarte ciegamente, que me lleva a tu lado sin remedio: lo que la gente llama amor, en suma. Y los ojos -qué importa que no sean estos ojos- te seguirán a donde vayas, fieles.
Yo sé que existo porque tu me imaginas. Soy alto porque tu me crees alto, y limpio porque tú me miras con buenos ojos, con mirada limpia. Tu pensamiento me hace inteligente, y en tu sencilla ternura, yo soy también sencillo y bondadoso. Pero si tú me olvidas quedaré muerto sin que nadie lo sepa. Verán viva mi carne, pero será otro hombre -oscuro, torpe, malo- el que la habita...
Canción de invierno y de verano Angel González (Oviedo, 1925)
Cuando es invierno en el Mar del Norte es verano en Valparaíso. Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos, mientras los balandros soleados arrastran por la super -ficie del Pacífico Sur bellas bañistas. Eso sucede en el mismo tiempo, pero jamás en el mismo día.
Porque cuando es de día en el Mar del Norte —brumas y sombras absorbiendo restos de sucia luz— es de noche en Valparaíso —rutilantes estrellas lanzando agudos dardos a las olas dormidas.
Cómo dudar que nos quisimos, que me seguía tu pensamiento y mi voz te buscaba —detrás, muy cerca, iba mi boca. Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto: primaveras, veranos, soles, lunas.
Lúbrica poesía de lunares en la pulida mar de tu cadera. Trópico del tabaco y la madera mecido por las olas de tus mares. En los helados círculos polares toda tu superficie reverbera... Bajo las luces de tu primavera, a punto de deshielo, los glaciares. Los salmones avanzan por tus venas meridianos rompiendo en su locura. Las aves vuelan desde tus colinas Terreno fértil, huerto de azucenas: tan variada riqueza de tu hermosura pesa sobre tus hombros, que te inclinas.
Recuerdo biena mi madre. Tenía miedo del viento, era pequeñade estatura, la asustaban los truenos, y las guerras siempre estaba temiéndolas de lejos, desde antes de la última ruptura del Tratado suscrito por todos los ministros de asuntos exteriores. Recuerdo que yo no comprendía. El viento se llevaba silbandolas hojas de los árboles, y era como un alegre barrendero que dejaba las niñas despeinadas y enteras, con las piernas desnudas e inocentes. Por otra parte, el trueno tronaba demasiado, era imposible soportar sin horror esa estridencia, aunque jamás ocurría nada luego: la lluvia se encargaba de borrar el dibujo violento del relámpago y el arco iris ponía un bucólico fin a tanto estrépito. Llegó también la guerra un mal verano. Llegó después la paz, tras un invierno todavía peor. Esa vez, sin embargo, no devolvió lo arrebatado el viento. Ni la lluvia pudo borrar las huellas de la sangre. Perdido para siempre lo perdido, atrás quedó definitivamente muerto lo que fue muerto. Por eso (y por más cosas) recuerdo muchas veces a mi madre: cuando el viento se adueña de las calles de la noche, y golpea las puertas, y huye, y deja un rastro de cristales y de ramas rotas, que al alba la ciudad muestra desolada y lívida; cuando el rayo hiende el aire, y crepita, y cae en tierra, trazando surcos de carbón y fuego, erizando los lomos de los gatos y trastocando el norte de las brújulas; y, sobre todo, cuando la guerra ha comenzado, lejos -nos dicen- y pequeña- no hay por qué preocuparse-, cubriendo de cadáveres mínimos distantes territorios, de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños...
Así nunca volvió a ser Angel González (Oviedo, 1925)
Como llevaba trenza la llamábamos trencita en la tarde del jueves. Jugábamos a montarnos en ella y nos llevaba a una extraña región de la que nunca volveríamos. Porque es casi imposible abandonar aquel olor a tierra de su cabello sucio, sus ásperas rodillas todavía con polvo y con sangre de la última caída y, sobre todo, la nacarada nuca donde se demoraban unas gotas de luz cuando ya luz no había. Allí me dejó un día de verano y jamás regresó a recoger mi insomne pensamiento que desde entonces vaga por sus brazos corrigiendo su ruta, terco y contradictorio, lo mismo que una hormiga que no sabe salir de la rama de un árbol en el que se ha perdido.
Escribir un poema se parece a un orgasmo: mancha la tinta tanto como el semen, empreña también más en ocasiones. Tardes hay, sin embargo, en las que manoseo las palabras, muerdo sus senos y sus piernas ágiles, les levanto las faldas con mis dedos, las miro desde abajo, les hago lo de siempre y, pese a todo, ved: ¡no pasa nada! Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo: "Lo digo y no me corro". Pero él disimulaba.
Angel González -Para que yo me llame Angel González-
Para que yo me llame Angel González Angel González (Oviedo, 1925)
Para que yo me llame Angel González, para que mi ser pese sobre el suelo, fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo: hombres de todo el mar y toda tierra, fértiles vientres de mujer, y cuerpos y más cuerpos, fundiéndose incesantes en otro cuerpo nuevo. Solsticios y equinoccios alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de mi carne trepando por los siglos y los huesos. De su pasaje lento y doloroso de su huida hasta el fin, sobreviviendo naufragios, aferrándose al último suspiro de los muertos, yo no soy más que el resultado, el fruto, lo que queda, podrido, entre los restos; esto que veis aquí, tan sólo esto: un escombro tenaz, que se resiste a su ruina, que lucha contra el viento, que avanza por caminos que no llevan a ningún sitio. El éxito de todos los fracasos. La enloquecida fuerza del desaliento...
Canta un gallo, mil gallos. Amanece. Luz tan carareada pocas veces se ha visto. ¿qué traerá este día así anunciado con clarines más vivos que sus llamas?
(Pero no hay fuego todavía, sólo un atisbo de luz en un abismo alto y transparente que se opone a otro abismo.)
En el lugar del firmamento, nada. Como un rubor azul renace el cielo.
(Y abajo, allá en lo hondo, débil niebla de lana empaña el valle: rebaños y balidos resbalan por las sendas como movidos por un viento inquieto que los dispersa por los olivares.)
Enigmática luz, tan clara y pura que tan sólo se ve en lo que desvela. ¿De dónde viene ese esplendor creciente? No es aún la luz la que ilumina al mundo; el mundo iluminado es quien la enciende.
Cuántas veces te has vuelto, en heliotro poconvertida, a mirar lo que amabas, deslumbrada.
Así te he visto yo desde la sombra: contempladora fiel, constante, vencido el dulce gesto, y la mirada absorta, densa como un perfume, y el sigiloso giro de tu rostro dorándose en los últimos resplandores de un sol que se alejaba.
Mi patria es dulce por fuera Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)
Mi patria es dulce por fuera, y muy amarga por dentro; mi patria es dulce por fuera, con su verde primavera, con su verde primavera, y un sol de hiel en el centro. ¡Qué cielo de azul callado mira impasible tu duelo! ¡Qué cielo de azul callado, ay, Cuba, el que Dios te ha dado, ay, Cuba, el que Dios te ha dado, con ser tan azul tu cielo! Un pájaro de madera me trajo en su pico el canto; un pájaro de madera. ¡Ay, Cuba, si te dijera, yo que te conozco tanto, ay, Cuba, si te dijera, que es de sangre tu palmera, que es de sangre tu palmera, y que tu mar es de llanto! Bajo tu risa ligera, yo, que te conozco tanto, miro la sangre y el llanto, bajo tu risa ligera. Sangre y llanto bajo tu risa ligera; sangre y llanto bajo tu risa ligera. Sangre y llanto. El hombre de tierra adentro está en un hoyo metido, muerto sin haber nacido, el hombre de tierra adentro. Y el hombre de la ciudad, ay, Cuba, es un pordiosero: Anda hambriento y sin dinero, pidiendo por caridad, aunque se ponga sombrero y baile en la sociedad. (Lo digo en mi son entero, porque es la pura verdad.) Hoy yanqui, ayer española, sí, señor, la tierra que nos tocó siempre el pobre la encontró si hoy yanqui, ayer española, ¡cómo no! ¡Qué sola la tierra sola, la tierra que nos tocó! La mano que no se afloja hay que estrecharla en seguida; la mano que no se afloja, china, negra, blanca o roja, china, negra, blanca o roja, con nuestra mano tendida. Un marino americano, bien, en el restaurant del puerto, bien, un marino americano me quiso dar con la mano, me quiso dar con la mano, pero allí se quedó muerto, bien, pero allí se quedó muerto el marino americano que en el restaurant del puerto me quiso dar con la mano, ¡bien!
La muralla Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989) Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos: Los negros, su manos negras, los blancos, sus blancas manos. Ay, una muralla que vaya desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa, bien, allá sobre el horizonte. —¡Tun, tun! —¿Quién es? —Una rosa y un clavel... —¡Abre la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —El sable del coronel... —¡Cierra la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —La paloma y el laurel... —¡Abre la muralla! —¡Tun, tun! —¿Quién es? —El alacrán y el ciempiés... —¡Cierra la muralla! Al corazón del amigo, abre la muralla; al veneno y al puñal, cierra la muralla; al mirto y la yerbabuena, abre la muralla; al diente de la serpiente, cierra la muralla; al ruiseñor en la flor, abre la muralla... Alcemos una muralla juntando todas las manos; los negros, sus manos negras, los blancos, sus blancas manos. Una muralla que vaya desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa, bien, allá sobre el horizonte...
Tendida en la madrugada, la firme guitarra espera: Voz de profunda madera desesperada. Su clamorosa cintura, en la que el pueblo suspira, preñada de son, estira la carne dura. Arde la guitarra sola, mientras la luna se acaba; arde libre de su esclava bata de cola. Dejó al borracho en su coche, dejó el cabaret sombrío, donde se muere de frío, noche tras noche, y alzó la cabeza fina, universal y cubana, sin opio, ni mariguana, ni cocaína. ¡Venga la guitarra vieja, nueva otra vez al castigo con que la espera el amigo, que no la deja! Alta siempre, no caída, traiga su risa y su llanto, clave las uñas de amianto sobre la vida. Cógela tú, guitarrero, límpiale de alcol la boca, y en esa guitarra, toca tu son entero. El son del querer maduro, tu son entero; el del abierto futuro, tu son entero; el del pie por sobre el muro, tu son entero. . . Cógela tú, guitarrero, límpiale de alcol la boca, y en esa guitarra, toca tu son entero.
No sé si me olvidarás, ni si es amor este miedo; yo sólo sé que te vas, yo sólo sé que me quedo. (Andrés Eloy Blanco)
1
Como la espuma sutil con que el mar muere deshecho, cuando roto el verde pecho se desangra en el cantil, no servido, sí servil, sirvo a tu orgullo no más, y aunque la muerte me das, ya me ganes o me pierdas, sin saber que me recuerdas no sé si me olvidarás.
2
Flor que sólo una mañana duraste en mi huerto amado, del sol herido y quemado tu cuello de porcelana: quiso en vano mi ansia vana taparte el sol con un dedo; hoy así a la angustia cedo y al miedo, la frente mustia... No sé si es odio esta angustia, ni si es amor este miedo.
3
¡Qué largo camino anduve para llegar hasta ti, y qué remota te vi cuando junto a mí te tuve! Estrella, celaje, nube, ave de pluma fugaz, ahora que estoy donde estás, te deshaces, sombra helada: ya no quiero saber nada; yo sólo sé que te vas.
4
¡Adiós! En la noche inmensa, y en alas del viento blando, veré tu barca bogando, la vela impoluta y tensa. Herida el alma y suspensa, te seguiré, si es que puedo; y aunque iluso me concedo la esperanza de alcanzarte, ante esa vela que parte, yo sólo sé que me quedo.
Van a fusilar a un hombre que tiene los brazos atados. Hay cuatro soldados para disparar. Son cuatro soldados callados, que están amarrados, lo mismo que el hombre amarrado que van a matar. —¿Puedes escapar? —¡No puedo correr! —¡Ya van a tirar! —¡Qué vamos a hacer! —Quizá los rifles no estén cargados... —¡Seis balas tienen de fiero plomo! —¡Quizá no tiren esos soldados! —¡Eres un tonto de tomo y lomo! Tiraron. (¿Cómo fue que pudieron tirar?) Mataron. (¿Cómo fue que pudieron matar?) Eran cuatro soldados callados, y les hizo una seña, bajando su sable, un señor oficial; eran cuatro soldados atados, lo mismo que el hombre que fueron los cuatro a matar.
El negro mar Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989) La noche morada sueña sobre el mar; la voz de los pescadores mojada en el mar; sale la luna chorreando del mar. El negro mar. Por entre la noche un son desemboca en la bahía; por entre la noche un son. Los barcos lo ven pasar, por entre la noche un son, encendiendo el agua fría. Por entre la noche un son, por entre la noche un son, por entre la noche un son. . . El negro mar. —Ay, mi mulata de oro fino, ay, mi mulata de oro y plata, con su amapola y su azahar, al pie del mar hambriento y masculino, al pie del mar.
Chévere del navajazo, se vuelve él mismo navaja: Pica tajadas de luna, mas la luna se le acaba; pica tajadas de canto, mas el canto se le acaba; pica tajadas de sombra, mas la sombra se le acaba, y entonces pica que pica carne de su negra mala.
¡Yambambó, yambambé! Repica el congo solongo, repica el negro bien negro; congo solongo del Songo baila yambó sobre un pie. Mamatomba, serembe cuserembá. El negro canta y se ajuma, el negro se ajuma y canta, el negro canta y se va. Acuememe serembó, aé yambó, aé. Tamba, tamba, tamba, tamba, tamba del negro que tumba; tumba del negro, caramba, caramba, que el negro tumba: ¡yamba, yambó, yambambé!
Agua del recuerdo Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)
¿Cuándo fue? No lo sé. Agua del recuerdo voy a navegar. Pasó una mulata de oro, y yo la miré al pasar: Moño de seda en la nuca, bata de cristal, niña de espalda reciente, tacón de reciente andar. Caña (febril le dije en mí mismo), caña temblando sobre el abismo, ¿quién te empujará? ¿Qué cortador con su mocha te cortará? ¿Qué ingenio con su trapiche te molerá? El tiempo corrió después, corrió el tiempo sin cesar, yo para allá, para aquí, yo para aquí, para allá, para allá, para aquí, para aquí, para allá. . . . Nada sé, nada se sabe, ni nada sabré jamás, nada han dicho los periódicos, nada pude averiguar, de aquella mulata de oro que una vez miré al pasar, moño de seda en la nuca, bata de cristal, niña de espalda reciente, tacón de reciente andar.
En los dientes, la mañana, y la noche en el pellejo. ¿Quién será, quién no será? —El negro. Con ser hembra y no ser bella, harás lo que ella te mande. ¿Quién será, quién no será? —El hambre. Esclava de los esclavos, y con los dueños tirana. ¿Quién será, quién no será? —La caña. Escándalo de una mano que nunca ignora la otra. ¿Quién será, quién no será? —La limosna. Un hombre que está llorando con la risa que aprendió. ¿Quién será, quién no será? —Yo.
Un son para niños antillanos Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)
Por el Mar de las Antillas anda un barco de papel: Anda y anda el barco barco, sin timonel. De La Habana a Portobelo, de Jamaica a Trinidad, anda y anda el barco barco sin capitán. Una negra va en la popa, va en la proa un español: Anda y anda el barco barco, con ellos dos. Pasan islas, islas, islas, muchas islas, siempre más; anda y anda el barco barco, sin descansar. Un cañón de chocolate contra el barco disparó, y un cañón de azúcar, zúcar, le contestó. ¡Ay, mi barco marinero, con su casco de papel! ¡Ay, mi barco negro y blanco sin timonel! Allá va la negra negra, junto junto al español; anda y anda el barco barco con ellos dos.
Cuando me veo y toco, yo, Juan sin Nada no más ayer, y hoy Juan con Todo, y hoy con todo, vuelvo los ojos, miro, me veo y toco y me pregunto cómo ha podido ser. Tengo, vamos a ver, tengo el gusto de andar por mi país, dueño de cuanto hay en él, mirando bien de cerca lo que antes no tuve ni podía tener. Zafra puedo decir, monte puedo decir, ciudad puedo decir, ejército decir, ya míos para siempre y tuyos, nuestros, y un ancho resplandor de rayo, estrella, flor. Tengo, vamos a ver, tengo el gusto de ir yo, campesino, obrero, gente simple, tengo el gusto de ir (es un ejemplo) a un banco y hablar con el administrador, no en inglés, no en señor, sino decirle compañero como se dice en español. Tengo, vamos a ver, que siendo un negro nadie me puede detener a la puerta de un dancing o de un bar. O bien en la carpeta de un hotel gritarme que no hay pieza, una mínima pieza y no una pieza colosal, una pequeña pieza donde yo pueda descansar. Tengo, vamos a ver, que no hay guardia rural que me agarre y me encierre en un cuartel, ni me arranque y me arroje de mi tierra al medio del camino real. Tengo que como tengo la tierra tengo el mar, no country, no jailáif, no tenis y no yacht, sino de playa en playa y ola en ola, gigante azul abierto democrático: en fin, el mar. Tengo, vamos a ver, que ya aprendí a leer, a contar, tengo que ya aprendí a escribir y a pensar y a reír. Tengo que ya tengo donde trabajar y ganar lo que me tengo que comer. Tengo, vamos a ver, tengo lo que tenía que tener.
No sé por qué piensas tú Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)
No sé por qué piensas tú, soldado, que te odio yo, si somos la misma cosa yo, tú. Tú eres pobre, lo soy yo; soy de abajo, lo eres tú; ¿de dónde has sacado tú, soldado, que te odio yo? Me duele que a veces tú te olvides de quién soy yo; caramba, si yo soy tú, lo mismo que tú eres yo. Pero no por eso yo he de malquererte, tú; si somos la misma cosa, yo, tú, no sé por qué piensas tú, soldado, que te odio yo. Ya nos veremos yo y tú, juntos en la misma calle, hombro con hombro, tú y yo, sin odios ni yo ni tú, pero sabiendo tú y yo, a dónde vamos yo y tú... ¡no sé por qué piensas tú, soldado, que te odio yo!
Ya yo me enteré, mulata, mulata, ya sé que dise que yo tengo la narise como nudo de cobbata. Y fíjate bien que tú no ere tan adelantá, poqque tu boca é bien grande, y tu pasa, colorá. Tanto tren con tu cueppo, tanto tren; tanto tren con tu boca, tanto tren; tanto tren con tu sojo, tanto tren. Si tú supiera, mulata, la veddá; ¡que yo con mi negra tengo, y no te quiero pa na!
Soldado aprende a tirar Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)
Soldado, aprende a tirar: Tú no me vayas a herir, que hay mucho que caminar. ¡Desde abajo has de tirar, si no me quieres herir! Abajo estoy yo contigo, soldado amigo. Abajo, codo con codo, sobre el lodo.
Para abajo, no, que allí estoy yo. Soldado, aprende a tirar: Tú no me vayas a herir, que hay mucho que caminar.
Problemas del subdesarrollo Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)
Monsieur Dupont te llama inculto, porque ignoras cuál era el nieto preferido de Víctor Hugo.
Herr Müller se ha puesto a gritar, porque no sabes el día (exacto) en que murió Bismark.
Tu amigo Mr. Smith, inglés o yanqui, yo no lo sé, se subleva cuando escribes shell. (Parece que ahorras una ele, y que además pronuncias chel.)
Bueno ¿y qué? Cuando te toque a ti, mándales decir cacarajícara, y que donde está el Aconcagua, y que quién era Sucre, y que en qué lugar de este planeta murió Martí.
Te vi al pasar, una tarde, ébano, y te saludé; duro entre todos los troncos, duro entre todos los troncos, tu corazón recordé.
Arará, cuévano, arará sabalú.
—Ébano real, yo quiero un barco, ébano real, de tu negra madera... Ahora no puede ser, espérate, amigo, espérate, espérate a que me muera.
Arará, cuévano, arará sabalú.
—Ébano real, yo quiero un cofre, ébano real, de tu negra madera... Ahora no puede ser, espérate, amigo, espérate, espérate a que me muera.
Arará, cuévano, arará sabalú.
—Ébano real, yo quiero un techo, ébano real, de tu negra madera... Ahora no puede ser, espérate, amigo, espérate, espérate a que me muera.
Arará, cuévano, arará sabalú.
—Quiero una mesa cuadrada y el asta de mi bandera; quiero mi pesado lecho, quiero mi lecho pesado, ébano, de tu madera, ay, de tu negra madera... Ahora no puede ser, espérate, amigo, espérate, espérate a que me muera.
Arará, cuévano, arará sabalú.
Te vi al pasar, una tarde, ébano, y te saludé: Duro entre todos los troncos, duro entre todos los troncos, tu corazón recordé.
Un poema de amor Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)
No sé. Lo ignoro. Desconozco todo el tiempo que anduve sin encontrarla nuevamente. ¿Tal vez un siglo? Acaso. Acaso un poco menos: noventa y nueve años. ¿O un mes? Pudiera ser. En cualquier forma, un tiempo enorme, enorme, enorme.
Al fin, como una rosa súbita, repentina campánula temblando, la noticia. Saber de pronto que iba a verla otra vez, que la tendría cerca, tangible, real, como en los sueños. ¡Qué explosión contenida! ¡Qué trueno sordo rodándome en las venas, estallando allá arriba bajo mi sangre, en una nocturna tempestad! ¿Y el hallazgo, en seguida? ¿Y la manera de saludarnos, de manera que nadie comprendiera que ésa es nuestra propia manera? Un roce apenas, un contacto eléctrico, un apretón conspirativo, una mirada, un palpitar del corazón gritando, aullando con silenciosa voz.
Después (ya lo sabéis desde los quince años) ese aletear de las palabras presas, palabras de ojos bajos, penitenciales, entre testigos enemigos. Todavíaun amor de «lo amo», de «usted», de «bien quisiera, pero es imposible»... De «no podemos, no, piénselo usted mejor»... Es un amor así, es un amor de abismo en primavera, cortés, cordial, feliz, fatal. La despedida, luego, genérica, en el turbión de los amigos. Verla partir y amarla como nunca; seguirla con los ojos, y ya sin ojos seguir viéndola lejos, allá lejos, y aun seguirla más lejos todavía, hecha de noche, de mordedura, beso, insomnio, veneno, éxtasis, convulsión, suspiro, sangre, muerte...Hecha de esa sustancia conocida con que amasamos una estrella.
A veces tengo ganas de ser un cursi para decir: La amo a usted con locura. A veces tengo ganas de ser tonto para gritar: ¡La quiero tanto! A veces tengo ganas de ser un niño para llorar acurrucado en su seno. A veces tengo ganas de estar muerto para sentir, bajo la tierra húmeda de mis jugos, que me crece una flor rompiéndome el pecho, una flor, y decir: Esta flor, para usted.
El árbol que verdece a cada primavera, no es más feliz que yo, de nuevo verdiflor. Las amarillas hojas cayeron, y en mi tronco vuelven los novios trémulos a entrelazar sus cifras, y hay corazones fijos por flechas traspasados, vivos en esa muerte. Cuando digo «te amo», mi voz repite el viento y en mi alta copa juega con tu nombre y un pájaro hijo de abril y marzo.
Pienso en la fría mañana en que te fui a ver, allá donde La Habana quiere irse en busca del campo, allá en tu suburbio claro. Yo con mi botella de ron y el libro de mis poemas en alemán, que al fin te regalé. (¿O fue que te quedaste con él?)
Perdóname, pero aquel día me pareciste una niñita sola, o quizás un pequeño gorrión mojado. Tuve ganas de preguntarte: ¿Y tu nido? ¿Y tus padres? Pero no habría podido. Desde el abismo de tu blusa, como dos conejillos caídos en un pozo, me ensordecían tus senos con sus gritos.
Jose Ramon Cantaliso Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)
José Ramón Cantaliso, ¡canta liso!, canta liso, José Ramón. Duro espinazo insumiso: por eso es que canta liso José Ramón Cantaliso, José Ramón.
En bares, bachas, bachatas, a los turistas a gatas, y a los nativos también, a todos, el son preciso José Ramón Cantaliso les canta liso, muy liso, para que lo entiendan bien.
Voz de cancerosa entraña. humo de solar y caña, que es nube prieta después: son de guitarra madura, cuya cuerda ronca y dura no se enreda en la cintura, ni prende fuego en los pies.
El sabe que no hay trabajo, que el pobre se pudre abajo. y que tras tanto luchar, el que no perdió el resuello, o tiene en la frente un sello, o está con el agua al cuello sin poderlo remediar.
Por eso de fiesta en fiesta con su guitarra protesta, que es su corazón también, y a todos el son preciso, José Ramón Cantaliso les canta liso, muy liso, para que lo entiendan bien.
Los negros, trabajandojunto al vapor. Los árabes, vendiendo, los franceses, paseando y descansando, y el sol, ardiendo.
En el puerto se acuesta el mar. El aire tuesta las palmeras... Yo grito: ¡Guadalupe!, pero nadie contesta.
Parte el vapor, arando las aguas impasibles con espumoso estruendo. Allá quedan los negros trabajando, los árabes vendiendo, los franceses, paseando y descansando, y el sol, ardiendo...
Pero que te pueda ver Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)
Si es que me quieres matar, no esperes a que me duerma, pues no podré despertar. Muerto, ay, muerto y también dormido, no es ni morir ni soñar, no es ni recuerdo no olvido. Muerto, ay, muerto y también dormido.
Mátame al amanecer, o de noche, si tú quieres; pero que te pueda ver la mano; pero que te pueda ver las uñas; pero que te pueda ver los ojos, pero que te pueda ver.
La palma que está en el patio nació sola; creció sin que yo la viera, creció sola; bajo la luna y el sol, vive sola.
Con su largo cuerpo fijo, palma sola; sola en el patio sellado, siempre sola, guardián del atardecer, sueña sola.
La palma sola soñando, palma sola, que va libre por el viento, libre y sola, suelta de raíz y tierra, suelta y sola, cazadora de las nubes, palma sola, palma sola, palma.